Calafell
"...los húmedos violetas que oscurecían el aire se abrían y volvían a cerrarse tras nosotros como la puerta de una habitación por la que no nos hubiéramos atrevido a preguntar" Carlos Barral
Hoy en la siesta he estado en una casa en primera línea de playa. Una casa pintada en blancos y azules. Se intuía antigua pero bien cuidada. Había un centenar de objetos envueltos en papel de estraza y cuerda enlazada con delicadeza.
En el sueño, Carlos (este no es su nombre pero debería serlo), abría las ventanas y las contraventanas de madera. Los rayos del sol del atardecer hacían deslumbrar las motas de polvo del ambiente. Esa imagen se ha repetido varias veces y desde diferentes perspectivas: Yo mirando desde la lejanía esos rayos. Yo moviendo mis dedos intentando jugar con las motas. Yo dentro del polvo, siendo atravesada por la luz amarilla.
He salido de mi ensimismamiento con un grito: “ven, te va a encantar”. Carlos, tenía uno de esos papeles arrugado y roto en la mano, como si fuese un regalo, y me enseña un florero de cristal color amargo. Corría por la habitación desenvolviéndolo todo, sonriendo como si fuesen tesoros rescatados del mar.
Yo, mientras, observaba otros detalles. Unas redes, anzuelos, sedales, una pala en la pared. Ella aún no estaba con nosotros, pero se le intuía.
Desde la otra habitación, un lamento. “Nadie quiere estas cosas”. “No tiene sentido, son preciosas y relucientes, aunque sean antiguas”. Viejas, ha resonado en mi cabeza. Viejas. Viejas.
He seguido mirando la sala. Libros, millares de libros viejos. Imagino que por el paso del tiempo y la humedad, tenían las hojas y las cubiertas arrugadas. El aroma dulce, floral y acre debía provenir de ahí, de esa estantería repleta de volúmenes usados.
Alguien se ha acercado a mí por detrás. He notado unos dedos finos que desenlazaban el nudo de mi bikini verde, sólo que no era mi bañador. Yo entera estaba envuelta como las cosas de la habitación. He sentido que me desnudaban, que algo muy pesado caía de mis hombros y he notado ese calor que sólo te lo hace sentir el ser vista de nuevo.
Lo malo de los sueños, es que no controlamos cuando terminan y he despertado de la siesta con una profunda sensación de confusión. Sabía que ella era la nostalgia, la chica que rompía mi papel, es la misma que estos días me ha inundado por dentro con tantos recuerdos.
Naufragar en la nostalgia. Mis vacaciones han sido eso.


Color amargo, ¿es el marrón?