Isabel
"La maniática tarea de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido". Juan Carlos Onetti
Si alguien moría en una película, Isabel consideraba que lo hacía también en la vida real. Se disgustaba y decía cosas como: “que pena este hombre, con lo guapo que era”, “vaya futuro le deja al hijo, porque leí que acaba de casarse” “su mujer está embarazada, es que qué desgracia” y “puede ser hijo o hija, aún no lo han confirmado”
Tardó tiempo en distinguir las muertes de ficción y en reconocer que las cosas que veía en la televisión no eran verdad. Durante muchos años su fantasía se siguió construyendo a base a detalles y sucesos irreales e infinitos. Una ingenuidad sin límites y una convicción fuerte.
Isabel, nunca Isa, siempre apañaba todo. Apañaba los platos, no los fregaba. Apañaba aquel botón caído de la manga de la camisa o un dobladillo. Apañaba la comida. Apañaba la ensalada y si algo se rompía llamaba a su marido que apañaba lo que ella no podía.
De su vida para mí quedan retazos inconexos. Fue modista y esteticién entre otros oficios porque también trabajaba en una fábrica de telas. Vestir bien, ir elegante, arreglarse, ir guapa y hacer que los demás lo fuesen, era importante.
Su casa olía a suavizante, dulce, suave, agradable. A guiso cuando cocinaba. A gazpacho con pepino con el calor. A ajo restregado sobre el pan tostado con aceite en invierno.
Isabel era mi abuela, la de los veranos, a la que le pedía que me pelase pipas de calabaza porque era muy difícil para mí, que aguantase al gato en el regazo aunque hiciese 40 grados a la sombra, que me cantase para dormir su pasodoble favorito y que cocinase fideuá.
Yo le contaba que cuando fuese mayor, sería la dueña de una librería. Así podría leer el pronto gratis siempre que quisiese porque, en mis planes, había una mecedora para no trabajar sola. Que ella estuviese conmigo. Y se reía a carcajadas.
Regalaba garrafas de aceite: “contigo el oro no vale, no eres presumida como yo, así que al menos aliméntate bien”. Aunque lo que con el tiempo me dio fue algo mucho más preciado que eso: “Tienes unos labios preciosos, son los de la bisabuela Cecilia, no hay otros iguales. Se pasaba el día oliendo todo, en el bolsillo del mandil siempre llevaba cáscaras de naranja o de mandarina que iba rompiendo en trozos”
De pequeña yo me escondía en un tubo de hormigón armado, que les sobró a mis padres de la obra del pozo de casa. Ella ponía una toalla a cada lado, sujeta con una piedra, y me dejaba leer sola. Si necesitaba algo le gritaba: “Vecina, tengo que usar su retreteeee”, “Vecina, tengo ganas de un cola cao, ¿me podría hacer uno?”. Era nuestro juego.
Fue andaluza toda su vida, sin perder en más de 50 años su acento. “Las raíces son importantes, no deberíamos olvidarlas. ¿De dónde eres tú, lo sabes?”. No, yo no lo sabía. “Anda corre a la higuera a coger tu postre”, conforme corría escuchaba “trae uno maduro también para nosotros y no te despistes”
Su vida pudo ser otra, porque antes de la guerra vivió en Valencia, con su tía, que era muy rica. Eso se truncó por el camino. Y lo recordaba cuando veíamos fotos familiares color sepia. Algunas rotas, otras arrugadas, manoseadas, usadas que mostraban su largo viaje.
De todo, solo me quedan esos recuerdos. Pocos, aislados pero muy valiosos. No quería que se perdiesen, así que estas líneas son mi forma de no olvidarla.
Para ella. Para Isabel.

