Relefejos
"La vida no es más que una sombra. Una historia narrada por un necio, llena de ruido y de furia, que nada significa" Faulkner
Me he pasado media vida observándome en un espejo. Fijándome en cada milímetro. Preocupada por mi aspecto. Decidiendo qué mejorar y estilizar. Qué endurecer y fortalecer.
Cómo hacer para que no se notase el esfuerzo. No morderme el labio, no fruncir el ceño o tensar los músculos. Que no se sintiese en mi rostro ni en mi cuerpo.
Sutil, elegante, femenina, delicada,
blanca,
en apariencia.
Actuábamos y ocultábamos, para disfrutar. El truco era que el mundo pensase que era algo sencillo, pero en el fondo, era irrepetible.
Ellos no veían las protecciones. Como cada día nos enrollábamos los dedos en esparadrapo. Ese olor químico y farmacéutico, que ahora me trae nostalgia. Apretábamos fuerte, dando dos vueltas en los más débiles. Añadiendo gasas si teníamos heridas que sabíamos que se iban a abrir durante el ejercicio.
Llegar hasta el final era el premio. Las agujetas. Las uñas incrustadas, ampollas, rozaduras, las nuevas durezas.
La sangre,
roja,
era el premio.
A las horas, cuando el frío volvía y la adrenalina te abandonaba, la circulación violenta por todo el cuerpo te sonrojaba. Los muslos y las pantorrillas ardían y la piel contraída de los pies, producía un dolor punzante con el rozar de los zapatos.
La habitación compartida de mi infancia, olía siempre a alcanfor. Lo que me aplicaba para aliviar la musculatura o las contusiones. A veces, una gota del alcohol, caía donde no debía y con lágrimas en los ojos, sonreía, porque no reconocía el límite del dolor y el placer.
En casa, repetía los ejercicios una vez tras otra, me marcaba retos por una competitividad que nunca supe si era innata o aprendida.
Los siguientes veinte años, intenté escapar de esto. Tuve miedo a mirarme al espejo, como si ese tiempo de análisis extremo se fuese a rebelar en mi contra.
Dejé de bailar,
dejé mi reflejo,
y volvió la inseguridad,
gris.
Desde entonces, tengo una imagen distorsionada, en el que el estado de ánimo, influye para verme bien o llorar mientras miro lo que cree mi cabeza que soy. En esos casos si alguien me dice que soy guapa, pienso se está riendo de mí. Y si veo fotos antiguas que me he hecho, me cuesta reconocerme.
Mirarse de nuevo, de manera amable, no perfeccionista, es lo que toda ex bailarina de ballet, tiene que superar. Lo que no te cuentan al empezar, es que pasarás por una rehabilitación y que no sabrás que lo has dejado atrás hasta que alguien te diga que eres preciosa, sonrías y sepas que lo dice de corazón.

