Xino-Xano
¿Puedes ir más despacio, por favor?
No es lo mismo un balcón que una terraza. Y mucho menos que un jardín. Escribo esto desde el sofá, tengo la puerta de mi microterraza abierta (literal, en un tramo sólo quepo de lado y eso siempre que no engorde) y mis vistas son las de un edificio, a todas luces demasiado cercano, que bien podría estar en la Yugoslavia brutalista de los 70. Y aún así, hoy es un buen día. El primero de todo el año en el que no tengo que poner la calefacción, hay silencio para poder escribir y no tengo nada demasiado urgente que hacer.
Supongo que este momento, que no durará mucho, es lo que andaba buscando desde hace tiempo. Un momento de paz que me de algo de clarividencia, que me permita afrontar la semana con algo de ilusión y que me reafirme en que las decisiones han sido las correctas.
Mis domingos no han sido así siempre. Hace muchos años olían a gasolina, a comida china y el fútbol, con los anuncios de mahou cinco estrellas, sonaba en la radio atronador. Más adelante, las resacas, los “mierda, qué cojones hice ayer”, el olor a tabaco, la vergüenza y la culpa engullían todo. Salí de ello para superar mis nuevas resacas, las de trabajar en dos sitios, 90, noventa, n o v e n t a horas semanales. ¿Qué cojones estuve haciendo esos años? Si recuerdo poco de mis noches de adolescente por el alcohol, no recuerdo nada de mi época de doble trabajo.
¿De verdad quería eso? Ese ritmo que no me permitía más que la supervivencia, acabó conmigo. Y lo más grave es que no lo vi venir, ni nadie me lo advirtió. “Tú puedes con todo”, “Es cuestión de aguantar”. Esos son los consejos que me daba mi entorno, las pocas veces que los veía y se me saltaban las lágrimas al hablar de mi vida.
No, en serio, no lo hagáis. No le pidáis a la gente que haga esfuerzos sobrehumanos cuando el objetivo es empresarial. Hay un millón de motivos más leales por los que aguantar y esforzarse.
Hay veces que hay que saber parar, ir despacio, tomarse la vida de otra manera, poco a poco, xino-xano.
Ojalá no pensase tanto, pudiese desconectar fácil de mi trabajo y fuese más féliz en mi tiempo libre, pero no me han enseñado eso. Y ahora, sólo me queda desaprender todo lo de estos últimos 40 años, para ver si existen otros 40, menos hostiles y más tranquilos.


Ana, de escritor a escritora. No dejes de escribir y hazlo más a menudo. Gracias